«Te tengo que decir cincuenta veces las cosas para que hagas caso!» decía Laura a su hijo Ferran. Y Ferran pensaba: «En este caso, no viene de una!» Y la educadora, que los escuchaba, pensaba: «A Laura le costaria muy poco evitar esta situación desagradable. Me organizo, y le explico como.»

ofereixo04El dia siguiente Laura se sentaba delante de la educadora. Le hablaba de la impotencia que sentia ante la ignorancia a sus órdenes. Y aprovechaba para poner también encima de la mesa el malestar de los ratos de las comidas, las dificultades para limitar el rato de televisión y los conflictos de Ferran con su hermana pequeña.

La educadora le explicó cómo hay que dear las órdenes para que sean efectivas. Le habló de qué y cómo negociar respeto a la comida y cómo poner límites claros y mantenerlos cuando hay que decir basta. También le explicó cómo funcionan los mecanismos de la atención y cómo podia ella usar este conocimiento para intervenir en los conflictos entre Ferran y su hermana pequeña.

Laura había llenado una caja de herramientas. Al salir de la consulta tenía fórmulas para dar órdenes, ideas respeto a las comidas, formas de decir que no y de suportar las pataletas y soluciones para evitar el desgaste tan grande que generan en los padres las peleas entre hermanos.

La educadora había hecho su trabajo.

Laura podría vivir más tranquila.

Ferran tendría una madre más alegre y menos presión.

Las relaciones en casa serían más fluidas.

Y el mundo sería un poco mejor: educar para vivir en família es educar para vivir en sociedad. Nuestros hijos, los ciudadanos de pleno derecho del mañana, pueden ser también totalmente responsables y personas serenas. Sólo hay que facilitar a los padres las herramientas para acompañarlos.