A menudo castigamos o premiamos porque nos resulta la manera más fácil de estimular una conducta o de evitar que se repita. A veces funcionan y otras no. Pero hay otras maneras de conseguir que las cosas funcionen y que los hijos nos hagan caso que son mejores porque son más educativas y también más efectivas.

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Es importante que los castigos y los premios ayuden a los niños a ver el sentido de lo que hay que hacer o hay que dejar de hacer. El problema de unos y otros es que a menudo son arbitrarios, pueden no tener nada que ver con la conducta que los ha motivado (por ejemplo, castigar a un niño que ha dañado un melón a pasar un día sin jugar con el ordenador) .

Además, los castigos provocan sentimientos de sumisión y resentimiento, dos sentimientos muy poco edificantes.

¿Qué podemos hacer en vez de castigar cuando un niño hace algo inadecuado?

Ante todo debemos distinguir si el niño ya sabía que lo que ha pasado no debía haber pasado o no lo sabía (parece una distinción demasiado básica, pero hay veces que a los mayores nos parece que el niño tiene claro qué se espera de él y no es así, o tiene claro qué se espera de él pero no tiene tan claro hasta qué punto aquello es importante). Si no lo sabía, hará falta obviamente explicarle con seriedad (ver el post «Cómo hablar con seriedad a nuestro hijo») por qué lo sucedido no es admisible que se vuelva a repetir.

3 opciones más efectivas y educativas que los castigos 

Si ya lo sabía, en vez de imponer una sanción que no tenga que ver con el sentido de la situación, tenemos 3 opciones que son mejores. Las tres deben ir precedidas de una frase que exprese con claridad y contundencia nuestra disconformidad con lo que ha pasado y nuestros sentimientos al respecto:

«No me ha gustado nada que hayas engañado a tu hermano diciéndole que le habías puesto el bocadillo en la bolsa cuando no lo habías hecho. Estoy bien enfadada por lo que ésto ha conllevado: ha pasado hambre toda la tarde. Tienes que saber que estoy enfadada de verdad.»

Una vez que hemos expresado como vivimos la situación y el perjuicio que ha supuesto, la primera opción es hacer reparar la situación. Por ejemplo, si han pintado una pared que no tocaba, habrá que dejarla intacta.

La segunda opción es hacer compensar el daño causado, si es que no es irreparable. Para ello, lo mejor es preguntar al propio niño cómo le parece que puede compensar lo que ha hecho, de qué manera puede beneficiar a la víctima. Por ejemplo:

«¿Cómo te parece que puedes compensar tu hermano del hecho de haber tenido que pasar hambre esta tarde?»

A menudo los niños sugieren que pedir perdón. Pedir perdón puede ser necesario pero puede que no sea suficiente. Podemos decirle:

«Pruébalo, si sientes que es lo que tienes que hacer. Pero, por si acaso no es suficiente, piensa en qué beneficio puedes ofrecerle a cambio. ¿Qué te parece que le podrías proponer?»

Debemos evitar que pedir perdón se convierta en la salida fácil ante la fechoría, una salida de trámite para poder pasar página sin tener que hablar más. Si el perdón es sentido y consciente, será útil para evitar que el hecho se vuelva a repetir. Si es protocolario, no servirá de nada.

La tercera opción que tenemos en vez de castigar es hacer enfrentar al niño a las consecuencias de lo que ha pasado. Si, por ejemplo, ha llegado a casa más tarde de la hora acordada y teníamos previsto hacer un pastel para la hora de la merienda, el retraso puede provocar que tengamos que anular el plan por falta de tiempo. Si no recoge los juguetes de la playa, las podemos dejar a riesgo de no volver a encontrarlas y quedarnos sin… No pasa nada, no debemos agobiarnos: si bien es cierto que vamos a perder unos cuantos juguetes , también lo es que habremos invertido en educación para la responsabilidad.

En función de la naturaleza de la fechoría, optaremos por una u otra opción de estas tres. Todas son más educativas y efectivas que los castigos porque hacen responsable al niño de su acción y lo ponen en la situación de vivir las consecuencias de lo que ha hecho o ha dejado de hacer.

Los premios

En cuanto a los premios, podemos premiar las conductas fruto de iniciativas personales que tengan el objetivo de contentar a alguien y que tengan un resultado exitoso. Es decir, el premio ha de derivarse de una acción no ordenada por el adulto y que no forme parte de las responsabilidades naturales de la criatura. Las conductas que se ajustan a las expectativas no deben ser premiadas pero sí celebradas con comentarios de reconocimiento, que son un refuerzo positivo importante.

Si deseas saber más o encontrar otros ejemplos, puedes leer el capítulo dedicado a los premios y castigos del libro Educar sin gritar.