No hace muchos días murió un abuelo relativamente próximo. Su despedida me llevó a hacer alguna reflexión que quiero compartir.

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Pau ha muerto. Se podría decir que ya le tocaba, tenía más de noventa años y había vivido la vida que, poco o mucho, había elegido. Sin embargo, no podemos hacer más: los que nos quedamos sentimos la tristeza de saber que ahora Filo deberá vivir sola después de sesenta y siete años de compañía y que no lo volveremos a tener sentado en la mesa el día de Reyes.

El ritual de despedida consiste, de acuerdo con las creencias de Pau, en un día de visitas al tanatorio y un entierro cristiano. En el entierro, el tiempo lento y el silencio me permiten reflexionar sobre el sentido de todo esto.

Es entonces cuando me doy cuenta de cómo ha cambiado la relación de los niños con la muerte. Hasta hace unos años, los niños tenían un trato habitual con la muerte: la muerte de los animales, queridos o utilitarios, se producía con frecuencia delante de ellos: en las casas se mataban, como mínimo, pollos y conejos. La muerte de las personas tampoco les era extraña: se morían en las casas los viejos e incluso algunos niños muy pequeños. Cuando esto ocurría, se les velaba en las casas antes de llevarlos a las iglesias para la despedida de rigor. Hoy los niños y niñas tienen con la muerte un contacto extraño: tienen pocas ocasiones de presenciar la muerte de los animales, y en cuanto a las personas que se van, a menudo no las pueden ver y a veces ni siquiera se pueden despedir de ellas con un ritual, porque no los llevamos a los entierros.

Tomar conciencia de la muerte nos conecta con la vida. Ya desde pequeños, nos preguntamos qué pasa cuando morimos, si es que vamos a alguna parte, donde vamos, y eso nos lleva a pensar quienes somos, de donde venimos… La idea de la vastedad de lo desconocido y de la existencia de una dimensión trascendente se nos aparece cuando tomamos conciencia de la finitud de la vida a través de la aparición de la idea de la muerte.

El ritual de paso que es la despedida de un muerto es necesario e imprescindible. Lo es porque nos da unos momentos de descanso del tráfico vital y de reflexión, momentos que nos permiten la introspección y que renuevan nuestro compromiso con la vida con sentido. Momentos para ordenar nuestras etapas de relación con las personas: con las que se van, porque ponemos punto y final a la clase de relación que teníamos y empezamos otra, ahora con su recuerdo. Y con las que se quedan y eran cercanas a quien muere, porque ahora hay empezamos una etapa diferente, ya sin la persona que nos ha dejado. Los niños han de poder hacer la despedida a su manera. Es necesario que los niños y niñas puedan decir adiós a los abuelos que se les mueren, que los puedan ver, incluso, si ya tienen seis o siete años, y que puedan dirigirse unas últimas palabras de amor. Es necesario que los puedan despedir a su manera. Quizás con un pequeño acto simbólico hecho a su medida, si todavía son pequeños. Para que puedan hacerlo, podemos acompañarlos con tranquilidad y entereza y ofrecer nuestro ejemplo, tal vez poniendo una flor cerca del abuelo o de la abuela y diciéndole algo bonito para, después, preguntar si quieren hacer lo mismo. Vale la pena hacerlo en un momento tranquilo, antes o después de los momentos más sociales de la despedida de la gente, a solas con ellos, con calma y con sencillez.

Y es necesario también que los niños vean como acompañamos o nos dejamos acompañar por las personas que queremos. Así podrán vivir el sentimiento de comunidad que les hará saber que forman parte de un tejido de personas que los hacen humanos.

Filo decidió que las flores que adornaban la tumba de Pau se quedaran en la iglesia. Allí harían más servicio que aquí en el cementerio, donde se marchitan enseguida con tanto calor, me dijo mientras los albañiles tapiaban la tumba. Yo lo vi como un acto de generosidad con su iglesia y un retrato de este carácter de aprovechamiento tan nuestro, pero también me di cuenta que Filo no podría hacer el gesto simbólico de depositar flores en la lápida en el último momento, cuando los obreros hubieran terminado el trabajo y fuera hora de irse dándolo todo por terminado.

Salí del bello cementerio del Penedès y cogí una ramita de olivo de ahí fuera. Se la di a Filomena por si le podía hacer servicio y ella dijo: «El olivo significa paz, como él». Medio sonrió, esperó y, cuando fue hora de partir, pidió a su nieto que la acompañara ante la lápida. Caminaba despacio, con mucha emoción. Puso la ramita de olivo y dijo en voz alta «Espero reencontrarte, Pau!»

Las palabras de la abuela Filomena abren otra reflexión, esta sobre la esperanza. Podemos dejarla para otro día.

PD. Ese momento tan poco solemne en que los obreros tapian la tumba, embadurnando las ranuras de cemento y rascando con las paletas, todo él prosa descuidada y tan poco congruente con las formalidades precedentes, no deja de ser el momento que nos reconecta con la vida que continúa: mientras dura, hablamos de que haremos a continuación, las amigas de la abuela le dicen que la pasarán a buscar las noches para ir a caminar, le insistent que tendrá que salir y distraerse.

¡Parece que hasta este detalle tiene su sentido!