Temas: el sexo, el género, la autoimagen, la autoestima, valores, educación sexista, hablar de los hijos en presencia de otras personas.

He advertido en otras ocasiones a los padres sobre la importancia de tener muy en cuenta lo que decimos sobre los hijos a terceras personas cuando nuestros pequeños se encuentran cerca. Muchas veces no somos conscientes del hecho de que los niños prestan atención aunque no lo parezca, y les educamos a través de lo que decimos y somos ante los demás tanto o más que a través de lo que les decimos directamente a ellos.

180409 punta cana okEn la mesa vecina del bar dónde me estoy tomando un café, se sientan tres amigas alrededor de los treinta años y una niña de unos cuatro. La niña juega con el móvil. Las mayores charlan entre ellas. Inevitablemente oigo la conversación y, ante la alarma, siento el impulso de ofreceros un reflejo escrito para que se pueda derivar de éste una reflexión colectiva sobre lo que decía en el primer párrafo.

La madre de la niña (nos) explica que pronto irá a Punta Cana. Ocho días, con el marido. Después, a una boda a Murcia y a otra a Madrid. Le preguntan por la niña. “Se queda. Con la  niña una no puede hacer nada.” La pequeña lo ha oído. Levanta la vista del móvil y pasea la mirada por la mesa. La conversación continúa, ajena a la presencia de la chiquilla. Escucho que, cuando una tiene hijos, la buena vida se acaba a menos que tengas unos abuelos en funciones de canguros gratis. La niña tiene la mirada perdida. Entonces la conversación muta y la cosa va de sexos. “Nosotros queríamos un niño”, dice la madre de la pequeña allí presente. Las otras dos amigas, en cambio, son más partidarias de tener niñas, “son más bonitas y más tranquilas.”

De repente, entra otra amiga, con un carrito. Mis vecinas de mesa se levantan para mirar y celebrar el bebé que lleva. La niña se ha quedado en la mesa y ahora rebusca en un pequeño bolso de color rosa que lleva. Saca un pequeño espejo redondo, abre la tapa y mira su reflejo. No puedo dejar de imaginar qué es lo que piensa cuando se ve. ¿De qué manera le habrá llegado, lo que ha oído decir? Sus padres habrían preferido que fuera un niño… Las niñas son más tranquilas y bonitas… ¿Qué imagen le devuelve, ahora, el espejo, de sí misma? Cuántas veces habrá preguntado al espejito, cuántas veces más le preguntará, quién es ella y quién debería ser? ¿Y si es o no lo bastante bonita para satisfacer a sus padres aún habiendo nacido niña?

Las tres mujeres acaban de contemplar al bebé y vuelven a sentarse en la mesa con la pequeña. Su madre le va dando el desayuno, un bocadillo de pan con chorizo. La niña sostiene en la mano el espejito todo el rato, lo abre y lo cierra, juguetea con él. Ahora una de las mayores explica un par de casos que conoce de madres que maltrataban a sus hijas para poder acusar a su pareja. La niña se esconde bajo la mesa. La madre da por hecho que no quiere comer más. Lo entiendo muy bien. Con el bocadillo de chorizo, se está comiendo una sociedad de grasa y de sangre. No, la niña no quiere más, no. Que atracón. Me voy, tampoco yo puedo más. “Es triste la vida. Pero es lo que hay, tío.”, dice una de las amigas a las otras, como conclusión.

Sí, chica, quisiera decir yo.