Pasar ratos felices con nuestros hijos es una de las razones por las que decidimos ser padres. Estos ratos pasados a su lado son también una de las maneras más bonitas de aprovechar la vida. Y, más allá de eso, pasar tiempo de juego y diversión al lado de los hijos es una de las mejores fórmulas para generar vínculos fuertes y recuerdos positivos e imborrables que nos acompañarán, a nosotros y a ellos, toda la vida.

Fijémonos en lo siguiente: pasamos mucho tiempo con y para nuestros hijos. Para cuidarles, prepararles la comida, ayudarles a aprender, llevarlos de aquí para allá, comer juntos… Durante todos estos lapsos de tiempo que compartimos, nuestro papel y el de ellos resulta bastante asimétrico: los padres decidimos cómo hay que hacer las cosas, asumimos más responsabilidades que ellos, decimos lo que hay que hacer, suplimos sus necesidades… Por el contrario, jugar implica no dirigir, sino divertirse y compartir un objetivo. Cuando jugamos, lo hacemos en un plano de igualdad con los hijos: no somos los que damos las órdenes o vigilamos, sino que adoptamos el papel de contrincantes o colaboradores al mismo nivel, estamos sometidos al mismo reglamento externo (las normas del juego) e inmersos en una idéntica situación. Todo esto nos une y convierte a los padres en personas que no siempre deciden, mandan o hacen cosas para los demás.

Para jugar bien se requieren dos elementos: tiempo y una buena elección de la actividad.

Jugar requiere tiempo, así que si queremos hacerlo deberemos reservarnos un ratito diario (quince o treinta minutos, no hace falta mucho más si somos constantes) para pasarlo juntos y distendidos. Un rato de juego alocado o controlado, pero de intensa concentración. Un rato en el cual, por consiguiente, el móvil deberá mantenerse alejado para evitar distracciones.

Jugar para disfrutar también requiere una buena elección de la actividad porque, si nos toca ponernos a jugar a algo que no nos gusta, y lo hacemos únicamente para satisfacer al niño, estaremos deseando que el tiempo pase rápido y difícilmente nos podremos entregar. Por tanto, puestos a convertirnos en compañeros de diversión, que la diversión sea para todos. Si no nos gusta jugar a las tiendas pero sí nos place jugar al escondite, mejor compartir esta opción. A las tiendas, podrán jugar con otros. Jugar siempre ha de ser un placer y nunca una obligación.

Vale la pena abrir una diversidad de opciones de juego: con y sin material, colaborativo y competitivo, de mesa y de movimiento, de palabras, artístico, lógico, físico… Cuánto más juguemos, más nos reiremos y más conectaremos.

Una advertencia final: juguemos porque queremos, no porque los hijos nos lo pidan o porque se aburran sin nosotros. Si nos convertimos, sin ganas, en el comodín de sus ratos de aburrimiento, entonces nuestra actitud será una actitud servil.