diálogo

Callar cuando tenemos ganas de hablar y el otro aún tiene cosas que decir.
Aprovechar que callamos para escuchar.
Tener la disciplina de preguntar antes de opinar.
Esperar unos momentos antes de reaccionar, los justos para pensar antes de pronunciarnos.

Entender que el otro no está en nuestra contra sino que tiene un punto de vista diferente. Comprender que los puntos de vista nacen de las experiencias y de las circunstancias. Recordar que la cultura familiar de origen es una de estas circunstancias y que muy a menudo condiciona la forma de relacionarse. No responsabilizar al otro de su cultura familiar de origen. Recordar al otro que intentamos entender su punto de vista y que reconocemos su esfuerzo para entender el nuestro.

Tener presente que todo el mundo quiere sentirse respetado. Concebir el respeto como la posibilidad del otro de desarrollarse a su manera. Explicar en qué deseamos ser respetados nosotros. Conseguir hacernos entender. Hablar sin que lo que decimos parezca una crítica y haciendo que se entienda como una necesidad que expresamos.

Decir las cosas por su nombre, sin esperar que el otro entienda lo que “debería entender” sino aquello que expresamos con toda claridad. Hacerlo con amabilidad. Lograr la amabilidad con una sonrisa y un tono suave.

Buscar el mejor momento para hablar. Preguntar al otro si quiere hacerlo. Tener claro que el diálogo ha de llevarnos a una situación mejor. Saber posponer la conversación si toma rumbos que nos alejan de este horizonte.

Cuántas cosas hay que saber para entenderse. Estos aprendizajes nos hacen más felices. Dotemos a nuestros hijos de estas capacidades. La mejor manera de hacerlo: aprendamos nosotros.

Nota a pie de página: La mediación procura este tipo de diálogo constructivo que permite construir o reconstruir relaciones sanas y es una oportunidad de aprendizaje para los que participan de ella.