Jugar en libertad

La anécdota me la explica un amigo, pareja de la madre de un niño muy vivaracho de ocho años, que es el protagonista. La comparto, con su permiso, porque hace reflexionar sobre lo que necesitan y lo que ofrecemos a las criaturas.

pillaG

Pasó el fin de semana en un alojamiento destinado a acoger familias con niños. Un alojamiento preparadísimo para el público familiar, donde se ofrecían actividades de todo tipo para que los pequeños no se aburran ni un solo minuto.

Nuestro niño las probó todas y más: la tirolina, el taller de cocina, el kayak, la liguilla de fútbol, ​​el campeonato de ping-pong, la iniciación a la escalada …

Las actividades se alargaban hasta la tarde. Después, cuando padres y madres hacían sobremesa antes de ir a dormir, niños y niñas continuaban, incansables, jugando sin parar, alrededor de la casa que los acogía a todos.

Después de este fin de semana tan intenso y lleno de experiencias nuevas y apasionantes, al volver a casa, mi amigo preguntó al niño cuál había sido la actividad que le había gustado más. Y la respuesta fue:

  • El pillapilla

Mi amigo quedó mudo. En el orden de preferencias del niño, la tirolina, el kayak y toda la multitud de actividades excepcionales que había disfrutado quedaban en segundo plano ante el juego de calle de toda la vida. El pequeño se había divertido más jugando improvisadamente con el resto de niños en libertad que no consumiendo ninguna de las costosas propuestas que los adultos habían planificado.

Tocar y parar, un juego que no requiere ninguna preparación, ninguna infraestructura, ninguna guía… un juego de niños que se aprende jugando con otros niños, en cualquier lugar y momento, a menudo hace más felices a los niños que la actividad organizada más extraordinaria.

Lo explica el placer de ser libre, de autogestionarse, de organizarse con complicidad con los iguales.

Jugar en la calle, con los padres situados en un segundo plano discreto, desde donde no se hacen presentes, cercanos pero a la vez ignorables, da a los niños una sensación de libertad que los hace crecer. Los sitúa en la tesitura de tener que llegar a acuerdos sobre la organización del juego, sobre los límites, sobre la gestión de los momentos críticos… En la calle y en el juego no dirigido los niños son autónomos, se sienten (y lo son) libres y se hacen grandes.

Si allí donde vivimos ya no se puede jugar en la calle, procuramos de vez en cuando encontrar espacios donde nuestros hijos puedan disfrutar de la libertad del campo para correr. Si ya hemos encontrado estos espacios, relajemos nuestra mirada y dejamos que promuevan ellos mismos su juego. Ahora que viene el buen tiempo, hagamos largas sobremesas vespertinas mientras, olvidados de nosotros y de las horas, ellos juegan infinitamente por su cuenta en la intemperie. Este tiempo, tal como ilustra muy bien la anécdota que os explicaba más arriba, es más valioso que todo el dinero que vale una jornada de consumo de ocio dirigido.

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