En este momento en el que los creadores nos recuerdan su importancia, quiero destacar el valor de acompañar a nuestros hijos a crecer en y con la cultura. Al fin y al cabo, si pensamos un momento, vemos que somos quienes somos porque compartimos referentes y substrato cultural con otras personas con las que aquello que tenemos en común nos identifica como comunidad.

Niños y niñas pueden aprender y disfrutar mientras participan de la cultura colectiva. Conocer -y construir con su participación- aquello que se produce a su alrededor hará crecer su imaginación, la creatividad, el vínculo con su comunidad, la sensación de pertenecer a un colectivo que se construye a sí mismo gracias a la colaboración creativa.

La cultura tiene muchas expresiones. Siempre nos remite a quienes somos y a quienes son los otros, expresa el potencial creativo del ser humano y a la vez sintetiza toda la trayectoria de los humanos. La cultura es experiencia y creatividad. Por lo tanto, se puede participar de la cultura tanto creando como disfrutando de las creaciones de los demás.

Escribo este artículo porque en estos tiempos de prevenciones la reivindicación que hacen los artistas de su trabajo como algo necesario nos pone en situación para reflexionar sobre la importancia que damos a la cultura en nuestra familia, para pensar cómo nos relacionamos con ella y para decidir cómo nos gustaría que nuestro hijos se relacionaran. Mi sugerencia es que entendamos las manifestaciones culturales como algo importante tanto para disfrutar como para formarnos, seamos agentes activos para que sean posibles. Seamos público. Los espectáculos son seguros, las bibliotecas y mediatecas están abiertas para los préstamos, las librerías funcionan a pleno rendimiento y en digital hay una oferta infinita.

Como padres, lo que podemos hacer es hacer accesible todo esto a los niños y niñas, prescribir bien y acompañarles en un consumo cultural de calidad.

Cuando hablo de prescribir bien hablo de ayudarles a hacer buenas elecciones. No hace falta que conozcamos nosotros mismos la oferta destinada a niños y jóvenes, sino que podemos dejarnos aconsejar (bibliotecarios, libreros, revistas que contienen recomendaciones…).

En cualquier formato hay buenos productos y malos productos. Un niño ante una pantalla puede consumir morralla o buenos contenidos para su edad. A veces pensamos que ciertos contenidos no son aportaciones de calidad pero que son inocuos, o sencillamente no somos conscientes, por falta de tiempo de qué están viendo nuestros hijos. Os invito a sentaros unos minutos ante las pantallas que consumen para acercaros a los contenidos que alimentan a vuestros hijos. Quizás os sorprendáis al daros cuenta de que vuestros hijos reciben mensajes que son contrarios a los valores que os esforzáis en transmitirles. Hay muchas familias que cuando se han dado cuenta del modelo de niña que transmiten ciertas youtubers, por ejemplo, se han dado de narices con el horror de ver que aquellos que los padres tejen en casa, lo desteje el canal digital. Sentarnos con los hijos a ver qué ven va muy bien para hablar con ellos de cómo vemos nosotros las cosas.

Hace falta saber qué «alimenta el alma» de nuestros hijos. Del mismo modo que procuramos que se alimente bien el cuerpo, evitando que coman tóxicos, también deberíamos de evitar que se traguen aquello que pueda llegar a ser tóxico para el espíritu. De hecho, a la hora de ponerles el plato en la mesa, también procuramos que coman cosas de calidad, que les procuren un buen crecimiento, no sólo cosas que les llenen, que les hagan pasar el hambre y basta. Procuramos que coman todo lo que haga falta para el buen desarrollo de la musculatura, de los huesos, para la salud en general. Del mismo modo, hay que procurar que los contenidos culturales que absorban no sólo les distraigan sino que además les ayuden a crecer bien, a desarrollar «la musculatura», de la cabeza o del corazón. Y para eso podemos hacer mucho.

Por ejemplo, ir al teatro de vez en cuando. Hay muchos espectáculos de calidad de pequeñas compañías con una gran sensibilidad artística, hechos con mucho criterio y cargados de valores i que a menudo pasan desapercibidos porque no tienen suficiente despliegue publicitario. Estemos atentos: cerca de nosotros hay mucho y de mucho mérito. Marionetas, música, circo, narración, cine, luces y sombras, teatro de objetos… Pequeños placeres que hacen desplegar el espíritu, i que también disfrutamos los mayores, sobre todo viendo la calidad que aquello que se ofrece a los niños.

Bien sabemos que el problema a la hora de educar y de compartir la cultura es la falta de tiempo. Y no obstante, lo encontraremos en muchos momentos de la vida cotidiana si nos organizamos y lo tenemos previsto. Podemos decidir, por ejemplo, que cada viernes veremos una película juntos (escogida con criterio, sabiendo que vale la pena verla en casa juntos porque es tan entretenida como valiosa). También podemos tomar la decisión de hacer lectura en voz alta de una novela cada martes y jueves a las 8 de la noche, quizás un clásico de la literatura infantil o juvenil. Leyendo un fragmento de novela en voz alta cada noche, algunas familias han dado a conocer a sus hijos todos los clásicos de la literatura y han encontrado una fantástica fuente de placer compartido. Decidir que dos domingos al mes buscaremos un espectáculo al que asistir en familia también es una bonita manera de hacer efectivo el «consumo» cultural apoyando a los creadores de espectáculos en directo. Y fijando una tarde a la semana para ir a la biblioteca a devolver préstamos y hacer nuevos siempre tendremos a mano nuevas fuentes de cultura y placer. La cuestión es reflexionar sobre el valor de compartir cultura en familia – eso ya lo tenemos, es el propósito del artículo-, encontrar la manera y el momento de hacerlo – os he dado algunas ideas- i, a continuación, concretar. ¡Vale la pena para educar y disfrutar

Imagen: El rey de la casa, magnífico espectáculo de Farrés Brothers y cia.