Decir no: cuándo y por qué

Dir no, quan i per què

Impopular, antipático, el “no” es en educación una palabra que hay que saber usar en los momentos adecuados y con cierto talento. Será de gran ayuda para educar la contención y para alimentar en los hijos la capacidad de dirigir su propia vida y de realizar sus propios proyectos

Este artículo se basa en mi intervención en Las mañanas de Pe a Pa de Radio Nacional de España el día 14 de enero de 2021, en el que sostuve una conversación sobre el tema con la presentadora Pepa Fernández. La repercusión que tuvo en las redes me sugirió convertirlo en artículo para el blog.

No es agradable ni siempre es fácil negarse a las demandas de los hijos, poner límite a lo que les gustaría, recortarles opciones y, en definitiva, frustrar sus deseos. No lo es porque ningún niño se alegra cuando se le niega lo que quiere, ninguno lo agradece con una sonrisa y unos cuantos besos. Al contrario, muchas veces se enfadan y se resisten a aceptar que “no”, y a menudo a los padres les cuesta enfrentarse a esta resistencia sin perder la calma.

¿Hay que decir “no” a menudo?

Solo hay que decir “no” cuando sea necesario. La infancia ha de ser una etapa bonita y satisfactoria llena de experiencias enriquecedoras, y para eso siempre que podamos debemos ofrecer a los pequeños estímulos, comprensión y paciencia. Eso sí: debe haber un equilibrio adecuado entre dar poco y dar demasiado, y es justo aquí donde se concentra la dificultad de algunas familias.

Antes de decir “no” hay que pensar en el sentido de la negativa. Una negativa tiene sentido siempre que beneficie al niño o a los que le rodean. Hemos de decir “no”, por ejemplo, cuando hacer algo pueda implicar un riesgo o una molestia para alguien.

¿Cuándo hay que empezar a decir “no”?

Madre y bebé

Cuando el pequeño empieza a hacer cosas por su cuenta es el momento de empezar a usar la palabra. No durante los primeros meses, cuando la simbiosis con el adulto es absoluta. Entonces la proximidad y el cuidado total dan al niño la seguridad y la confianza necesarias para el buen desarrollo, y son la base de  una sana autoestima. Un poco más adelante, cuando el niño empieza a conseguir pequeñas cosas por su cuenta, a experimentar, a preguntarse “¿Qué pasa si tiro la comida en lugar de tragármela?”… es el momento de decir “no” si hace falta. El pequeño experimenta, quiere saber qué ocurrirá si se comporta de un determinado modo, investiga los límites de sus posibilidades. Se pregunta, por ejemplo, ¿Qué pasa si en lugar de dormir lloriqueo? Se quedan conmigo una hora para que me duerma?” Es entonces cuando los padres se dan cuenta de que la educación es más que amor, ternura, comprensión, estímulo y paciencia, y que también implica tener que establecer límites y enseñar a ser independiente. Forma parte de lo que implica querer y respetar al hijo.

No es fácil

Al decir que “no” se corre el riesgo de discutir y enfadarse. Y es que es natural –¡y sano!- que los niños se resistan a los límites y quieran derruirlos. El “no” es incómodo, resistir a la resistencia de los hijos es cansado, ceder siempre es más agradable y más fácil, es el camino más cómodo: los niños contentos y todos contentos. Por eso a menudo los padres se resignan a decir que “sí”, sobretodo si están cansados o tienen trabajo.

¿Por qué es importante?

El mundo es muy grande e interesante para los niños, y generalmente tienen ganas de explorarlo entero. Alguien debe salvaguardarles de los peligros, los límites son necesarios para estar seguro. Cualquier niño o niña necesita saber que los padres saben qué hay que hacer y que son capaces de conseguir que se haga. Los límites son medios que ayudan, son pilares para delimitar el terreno de juego, para que el pequeño pueda moverse de forma segura y protegida. Si un niño de ocho años se ha de tomar un medicamento para la otitis y se niega, los padres han de imponerse con seguridad y firmeza por su propio bien.

Además, y esto es muy importante, un niño al que siempre se le concede todo, que hace siempre lo que le viene en gana, acaba por entender que es natural que los demás se sometan a sus demandas, que él es omnipotente y el centro de su entorno. A veces la premisa “centrarse en el niño”, que es un gran acierto para los aprendizajes, se usa erróneamente para favorecer que algunos niños estén demasiado centrados en sí mismos. Si la vida gira tanto en torno al niño que no se le niega ningún deseo ni se impone ningún límite a sus exigencias, se le perjudica: los niños que tienen todos los deseos satisfechos suelen sentirse tristes a la larga, porque nunca tienen bastante. Las exigencias crecen cada vez más y las decepciones cada vez se toleran peor. Entonces, o bien reaccionan con rabia o bien, a la larga, pueden entrar en depresión.

Un acto de generosidad pedagógica

Padre e hijo

Decir “no” y resistir con serenidad es un mérito y un acto de generosidad pedagógica. Me explicaré: aunque es la opción difícil y menos agradecida, antepone la necesidad del niño de aprender a redirigir su deseo y a contener el impulso. Juan Antonio Marina lo cuenta muy bien: para ser libre se necesita autocontrol. Hay quien piensa que el niño se educará a sí mismo, que aprenderá a comportarse libremente. Pero la libertad es una propiedad aprendida. No nacemos libres, nacemos dependientes. La libertad es la consecuencia de la capacidad de autocontrol, de autodirección. El deseo sí es espontáneo. Pero el deseo muchas veces no es de fiar, puede ser perjudicial (para la salud, por ejemplo), i la misma convivencia solo es posible si lo podemos dominar. Sin autocontrol no puede realizarse ningún proyecto. Hay que aprender a dominar los impulsos cuando sea necesario. Si, por ejemplo, sientes la necesidad de pegar a alguien porque no te gusta lo que hace… tendrás que reprimirla. Por tanto, hay que aprender a contener los impulsos, a contener ciertos deseos perjudiciales. Es aquí donde empieza el aprendizaje de la libertad, con la inhibición del impulso. Y eso no es algo que se aprenda solo, por arte de magia. Los niños no aprenden a dejar de hacer lo que les apetece sin ayuda. No, el niño necesita ayuda para aprender los mecanismos del autocontrol. En las primeras edades, estos mecanismos se aprenden gracias a la autoridad de los adultos. Más adelante el niño se dará a sí mismo las órdenes, será ya “autónomo” (significa “el que se gobierna a sí mismo”). Mientras es pequeño, aprende a autocontrolarse gracias al control que le enseñan los mayores.

¿Por qué nos cuesta tanto poner límites?

Poner límites es difícil por varias razones. Por un lado, queremos que nuestros hijos sean felices y uno es más feliz, en principio, cuanto más satisfecho se siente. Por otro lado, decir que “no” es impopular. Creemos que nuestros hijos nos querrán más si les concedemos más, si somos más laxos, de modo que el miedo a perder el afecto afecta la capacidad de los padres de poner límites. Además, los términos “imposición de límites” y “consecuencias” tienen hoy una valoración más bien negativa, nos gusta la idea de que los niños se desarrollen de forma libre y espontánea.

También hemos de tener en cuenta que venimos de épocas autoritarias y quisiéramos actuar de forma diferente a generaciones anteriores. Antiguamente se debía ser muy obediente y los padres eran muy duros y críticos, lo cual provocaba sentimientos de culpa que no queremos que sufran nuestros hijos, de forma que les cubrimos de amor y hacemos por ellos todo lo posible. Pero cuidado, porque si nos pasamos acaba ocurriendo lo que queremos evitar.

También ocurre que nos duele gastar el poco tiempo que podemos pasar con los hijos… discutiendo. Pero atención: si siempre les invitamos a escoger, les sometemos a una presión excesiva. Un tema para otro artículo.

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