Aunque tenemos cada vez más claro que hemos de formarnos para ser felices y añadimos dosis de educación emocional en los curriculums de los más pequeños, ni siquiera los mayores aprobamos una asignatura clave para tener una buena vida. Se trata de aprender a tratar con los demás. Muy especialmente con los que piensan diferente a nosotros.

Como mediadora vivo de cerca conflictos entre parejas, compañeros de trabajo, padres e hijos, empresarios y trabajadores, miembros de entidades, claustros de profesores y miembros e equipos de todo tipo. Son, la mayor parte de las veces, buenas personas con buenísimas intenciones, pero con pocas herramientas para superar los conflictos que hieren el amor propio, cuestionan los propios principios o entran en contradicción con los intereses individuales.

Si la vivencia constructiva de los conflictos y su resolución formaran parte de los aprendizajes podríamos lograr relaciones más satisfactorias con todo tipo de personas. Aprender a escuchar bien, a hacernos entender, a acercar posiciones, a hablar con cordialidad y a mostrar lo mejor de nosotros mismos es aprender a ser feliz toda la vida. ¿Y si introducimos estos conocimientos?

Si no lo hacemos es sobretodo por dos razones. Por un lado, porque no se le da la suficiente importancia desde el ámbito político (diseño de currículos). Por otro lado, porque los mismos adultos que deberían responsabilizarse no han recibido tal formación y por tanto no se sienten seguros para educar dichas habilidades. 

El verdadero trabajo para la paz

Sin duda es hora de valorarlas e incorporarlas para poder enseñar a los hijos a entenderse mejor, a llegar a acuerdos y a incorporar puntos de vista diferentes. Internet, contra lo que pueda parecer, nos aísla en una burbuja donde nos encontramos con los parecidos, así que debemos ser las personas próximas las que formemos a niños y jóvenes para aprender a convivir con la diversidad de caracteres, opiniones y valores. Este es el verdadero trabajo para la paz.